La ciudad del viento

Corrían los frescos días de hace algunos septiembres en la ciudad sin nombre. Vagaba taciturno por sus calles, recorriéndolas en silencio, recordando canciones y fotografías de tiempos mejores.

Llego la noche, y me eche a la calle, un frio nocturno que no hiela pero duele me recorría de pies a cabeza, decidí entrar en el primer bar que encontré tras tantear unos tugurios poco recomendables a esas horas.

En él, el ambiente era bueno, sonaba el mejor jazz de B. Webster de mano de un grupo local, un chico con voz desgarrada, como el maestro Armstrong, recorría las notas como si el viento le arrancase el alma, el saxo suspiraba al cielo algunos anhelos pasados, y el piano, alegre en apariencia, sonaba triste y poco reglado, pero la genialidad del momento, lo hizo perfecto.

Me senté en el primer taburete que encontré en la barra, eran los típicos taburetes con cubierta roja y los posapies desgastados por el tiempo, pedí  un whisky. Me gustaría que hubiera sido barato, como dijo el genio de los fitipaldis, pero me quede con el bolsillo vacio. Un Jameson de los más caros, que una señorita se encargo de encarecer al pedir el mismo, y yo incrédulo y audaz, me ofrecí, como caballero a invitarle a esa ronda, que sería la primera de muchas que vendrían después.

Puente de Hierro. Talavera de la Reina. Por A.C.M.

Ella era una mujer en apariencia madura, no llegaría al metro setenta, blanca de piel, algunas pecas recorriéndola por la cara, perdiéndose en su escote, el pelo castaño oscuro, a veces claro, ambiguo como ella misma; los ojos eran una mezcla de azabache con tonos marrones, lo cual la hacía más interesante aun. Pese a ser una mujer preciosa, sus ojos me decían algo, me llamaban a la tristeza. Su cuerpo estaba compensado, tras su vestido rojo abierto por la espalda y con un escueto escote, se intuían unas piernas delgadas y tersas, como cuchillos esperando a matar, su cintura y sus caderas llamaban a la locura, esa que se escondían tras su preciado monte, ese que mata y engaña a hombres por todo el mundo, el cual subía sinuoso hasta su pecho, pequeño, pero que se dejaba ver, en noches tristes. Estaba claro, era una cazadora, había salido a cazar, y yo era su presa.

Noches y noches pasaron, durante unos años, casi siempre nos veíamos en el mismo sitio, horas y horas pasaban entre ella y yo, yo y ella. No nos debíamos nada, pero lo éramos todo, dentro de esa ciudad de almas tristes y de falsa apariencia.

Uno de esos días, en diciembre, la invite a casa. Dicen que es mejor dormir acompañado que solo, sobre todo en esas noches de invierno. No pretendía nada, era un animal malherido, solo quería compañía, saber si estaba conmigo, esperar a hacernos felices, para perderme entre sus curvas y poder vivir sin miedos. Pero algo la atrapaba, algo la retenía. Nunca me decía nada, pero yo siempre la intuía. Dentro de sus historias veía el miedo y la soledad, a veces el conformismo, había atisbos de felicidad, pero también de tristeza, de egoísmo e inconsciencia.

Noche a noche, lo intentaba, quería que fuera mía, quisiera hacer polvo del aire, vivir sin frenos, ella y yo, la mujer del traje rojo y el hombre perdido en la ciudad, seriamos uno. Lo tenía claro.

Al tiempo, en una de las noches más suaves del año, lo conseguí. Semiclandestinos si, pero juntos, era tal como lo recordaba, no había miedos, no había, solo miles de pistas como en los aeropuertos, donde aterrizar con ella, salvándome de los bombarderos de la vida diaria, miles de historias y oportunidades donde ser feliz.

Y llego el momento, donde cogí el billete de avión que me llevaba a aterrizar en su vida, confesó que tenía permiso para aterrizar, pero justo en el momento en el que todo el tiempo tirado en la barra del bar con ella, empezaba a merecer la pena, mandaron a mi avión a una pista secundaria de otro aeropuerto. El miedo en ella había salido a la superficie, y de su mano el conformismo.

Baje en esa terminal triste y oscura, recogí mi equipaje, me perdieron varias maletas por el camino. Después de unas horas reclamándolas, me dijeron que llegarían unos días mas tarde al aeropuerto principal, ese donde debía haber desembarcado yo, pero no, no lo hice. Me nege en rotundo, pedí mi indemnización y me expendieron un cheque con pocos ceros. Casi tantos como ella se merecía.

Salí de la terminal y reconocí esas calles, veía a la gente recorrerlas en silencio, parecían perdidos pensando en canciones y fotografías pasadas, de repente me percate que en una especie de glorieta con un cartel luminoso se podía leer: “Bienvenidos a la Ciudad del Viento”. Había vuelto a mi ciudad, a la que no tenia nombre, a esa que soplaba las vidas, a unas para llenarlas de aire y a otras para golpearlas y dejarlas cerca de los rompeolas, donde yo, golpeado una y otra vez, me acuerdo siempre de ti.

Te quiero.

Fdo.: El chico de los ojos tristes.

PD: Gracias Quique González, se que nunca leerás esto, pero los discos que esculpes son base mi dia a dia. Gracias por “Personal”, “Salitre 48”, “Pájaros mojados”, “Kamikazes Enamorados”, “La noche americana”, “Ajuste de cuentas” y “Averia y redención”.

Una respuesta a “La ciudad del viento

  1. aprobexo el enlace que me dejaste, creo que va siendo hora de dedicarle estas palabras a mi abuela:

    Anoche me dormí pensando en ti y abrazando fuertemente el amuleto que me regalaste, ese que lleva tu nombre; Milagros.
    Ya se que las palabras se las lleva el viento, pero es una buena manera de decir que no miento.
    Una poesia no es sufciente para definirte tantas cosas que no te dije antes de irte: El mundo se compone de muchos tipos de mujeres.
    Y tu eres una de las que dejaron huella en todo ser.
    En dos lugares del planeta rezamos por ti, esto no es una despedida abuela solo es un hasta pronto.

    Ahora tienes que recorrer el camnino mas bello, el malo ya ha quedado atrás, mis palabras solo pueden ser de agradecimiento:
    .Gracias por abrirme tu moral sin nada a cambio.
    .Gracias por guiarme en mi camino tan despacio
    .Gracias por tu mas sincera sonrisa echa de oro.
    .Gracias por tu sabiduria, la llevo guardada como a un tesoro.
    .Gracias por mostrate como han de ser las personas.
    .” ” POr hacerme ver que las navidades son especiales.
    .” ” Por que ahora creo en los Milagros.
    .” ” Por emseñarme a leer el libro de la vida.
    .” ” Por que aprendí a llorar con alegría.
    .GRACIAS DE PARTE DE TODOS, GRACIAS ABUELA.

    Ojala existiera una maquina del tiempo y volviera a nacer, pero con los OJOS ABIERTOS.
    Te quiero

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